La quinceañera se ve más grandecita

Morena cumplió 15 años, tiempo que hace posible juzgar un movimiento que nació prometiendo transformar la vida pública, haciendo de honestidad una nueva forma de hacer política. Andrés Manuel López Obrador, su faro moral, llegó a decir que el legado sería “purificar la vida pública de México”. Su expansión territorial y su llegada al poder han producido una estructura política que, para sus críticos, se parece cada vez más a aquello que decía combatir: gobernadores, legisladores y liderazgos que reproducen prácticas de la vieja política, disputas por candidaturas, concentración de poder y señalamientos sobre presuntos vínculos de algunos de sus integrantes con redes de corrupción o grupos criminales.

El contraste entre el discurso moral y las prácticas del poder es todavía más incómodo cuando el fundador continúa ocupando el lugar de referente político y moral del movimiento. Los cuestionamientos sobre negocios de personas cercanas a su familia, así como las investigaciones y señalamientos sobre relaciones con contratistas y presuntos operadores criminales, forman parte de una discusión pública que Morena no ha resuelto simplemente apelando a la herencia política de López Obrador. A ello se suma el debilitamiento o desaparición de contrapesos institucionales, el enfrentamiento sistemático con sectores del periodismo crítico y la captura del INE que ya nos ha dado episodios delirantes como la propuesta para cambiar las reglas electorales y permitir que las papeletas marcadas, pero sin señales físicas de haber sido depositadas en la urna, pudieran considerarse votos válidos.

La paradoja de los XV años de Morena es que su oferta de transformación es parecida a ese torvo PRI de los años setenta.

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