La deuda con Cuauhtémoc Cárdenas

El 88, el momento que no fue.

El ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas murió sin haber logrado el triunfo electoral que tres veces buscó pero que sólo una lo hizo arañar la Presidencia. No obstante, el México que llevó a Palacio Nacional a políticos de partidos distintos al PRI tiene con él una deuda. Su biografía obliga a distinguir entre alcanzar el poder y transformar las condiciones para disputarlo. Vicente Fox obtuvo en 2000 la victoria que le fue negada al ingeniero; una parte de su camino a Los Pinos lo abrieron las luchas y la perseverancia cardenistas.

La ruptura con el PRI fue también una ruptura con su propia comodidad. En 1986, cuando surgía la Corriente Democrática, Miguel Ángel Granados Chapa observaba que “por su carácter de partido de Estado, creado desde arriba para la transmisión de instrucciones verticales”, la noción de democracia parecía por entero “exótica”. Cuestionar la designación presidencial del sucesor significaba tocar el mecanismo que aseguraba tener futuro en el partido y quienes integraban dicha corriente planteaban la necesidad de reorientar la política económica del país y de abrir cauces a la participación de los militantes para elegir al candidato a la Presidencia. El hijo de Lázaro Cárdenas contribuyó a quebrar el partido que había administrado el prestigio de la Revolución como una propiedad exclusiva.

En 1988, la irrupción del Frente Democrático Nacional reunió fuerzas que habían vivido dispersas. Carlos Monsiváis consideraba que gracias al movimiento que encabeza Cuauhtémoc Cárdenas, “la izquierda comprobó de golpe sus alcances nacionales, y accedió a espacios políticos y sociales antes vedados”; porque si bien Cuauhtémoc distaba de ser la izquierda tradicional, más hijo del nacionalismo revolucionario, si se quiere también anacrónico, suscitó la participación de millones que simplemente no se acercarían de otra forma a cadáveres sin prestigio como el PCM, al PSUM, al PMS.

El movimiento encabezado por Cárdenas le permitió a la izquierda llegar a espacios políticos y sociales antes inaccesibles. Aquella multitud desbordaba una candidatura: descubría que podía disputar el país. Pero como narra José Woldenberg en La transición democrática de México, La noche del 6 de julio, cuando debían ofrecerse resultados preliminares, el sistema de información se bloqueó. Esa “caída” del sistema inmediatamente abrió un compás de espera que fue llenada por incertidumbre, desesperanza e indicios de que los resultados no serían procesados de manera transparente y confiable.

Consciente del momento histórico que se vivía, el panista Manuel Clouthier se unió a Cárdenas y, dejando claro que representaban ideologías y proyectos distintos de gobierno, acordaron defender juntos las reglas sin compartir el proyecto de país de manera que el sinaloense acusaba que el proceso estaba a tal nivel viciado por numerosas y graves irregularidades que pidió anular la elección y convocar a nuevos comicios.

Después del fraude, Cárdenas tuvo que hacerse cargo también de la indignación y, durante un mitin en la plancha del Zócalo fijó el límite: “Nuestra decisión de hacer valer la voluntad popular dentro de la legalidad y por la vía pacífica es inquebrantable”. Pero ante una plaza con cientos de miles de ciudadanos agraviados asumió una responsabilidad que el fervor suele confundir con debilidad. La protesta continuaría, pero la multitud no sería enviada a una confrontación.

Enrique Krauze, quien reconoce en el ingeniero a “el mayor estadista de la izquierda mexicana” considera que hizo un doble servicio que no se le reconoció entonces (ni nunca) de manera suficiente al rechazar encabezar una rebelión contra los dudosos resultados de 1988: logró preservar la frágil estabilidad del país y condujo finalmente a la izquierda por un camino poco transitado: el de la vida parlamentaria. Sirvió a la concordia y a la democracia. Fue una hazaña.

Lorenzo Córdova recuperaría en 2019 el mismo episodio para recordar que la democratización fue una construcción histórica: frente a quienes pedían tomar Palacio Nacional, Cárdenas eligió la vía institucional. La contención fue parte de su obra política. También se construye una democracia mediante aquello que un dirigente se niega a hacer.

Su autoridad alcanzó incluso a quienes desconfiaban del camino electoral. En noviembre de 1994, el Subcomandante Marcos reconoció, en nombre del EZLN, a Cárdenas como interlocutor político válido y ofreció recibir su palabra “siempre con respeto y dignidad” en busca de una salida pacífica al conflicto chiapaneco. Aquella no fue una adhesión incondicional; era el reconocimiento de alguien con quien se podía hablar aun desde otra concepción de la lucha.

El 6 de julio de 1997, Cárdenas ganó la primera elección de jefe de Gobierno del Distrito Federal. La capital dejó atrás la historia de un gobernante designado por el presidente. Vista desde la ambición presidencial de Cárdenas, la victoria podía parecer insuficiente pero desde los derechos de sus habitantes fue un cambio histórico.

La Presidencia quedó a otras manos y, por si hiciera falta reconocerlo, Cárdenas no fue el único artífice de la transición: también la hicieron ciudadanos, opositores de distintos grupos y autoridades electorales. Reducirla al triunfo de Fox borra todo el trabajo que volvió posible la derrota del PRI. Cárdenas ayudó a construir una competencia cuyos beneficios no pudo reservarse y esa es, precisamente, una de las pruebas de su importancia en la transición.

Tampoco su herencia puede reducirse a un prólogo del lopezobradorismo. En 2021, cuestionó que el gobierno de López Obrador pudiera calificarse de izquierda y pidió cambios en sus políticas. Sus diferencias no autorizan, sin embargo, a hablar de una enemistad: en 2023 negó considerarse adversario político del entonces presidente, quien lo tachó de conservador y lo puso en el grupo de opositores a su gobierno. Hasta su muerte, Cárdenas conservó el derecho a disentir sin aceptar que se le exigiera obediencia.

Su búsqueda de un proyecto colectivo sobrevivió a los partidos. Durante el sexenio de López Obrador participó en las conversaciones que dieron origen al documento Punto de partida, una nueva visión de país, un diagnóstico y, a la vez, el “esqueleto de un proyecto nacional” que pretendía construir una alternativa ciudadana para reorientar el rumbo del país. Su aportación muestra otra forma de intervenir en la vida política: poner ideas en circulación y discutir un proyecto de país con quienes pensaban distinto.

Todo esto permite leer hoy a Cárdenas sin convertirlo en estatua: un político cuya obra debe discutirse, pero cuya aportación no puede suprimirse para engrandecer a quienes cosecharon sus frutos. La deuda con él no consiste en atribuirle todas las virtudes ni en absolver todas sus decisiones. Consiste en reconocer que ayudó a ampliar la libertad de elegir, incluso cuando otros recogieron el triunfo. Cárdenas no llegó a la Presidencia. Contribuyó a que dejara de pertenecerle de antemano a un partido. ~

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