
Publicado originalmente en Milenio Diario, el 14 de septiembre de 2001.
Las 10:28, hora de Nueva York. La torre sur del World Trade Center se desploma en medio de una nube de humo y escombros. Aquello se expande como la nada que se traga el todo. Más tarde caería a tierra la segunda estructura –la torre norte–, resultado de un ataque terrorista coordinado, preciso, que utilizó vuelos comerciales estadounidenses para convertir en ruinas ambas edificaciones.
En los atentados de la mañana del martes contra la ciudad de Nueva York y el Pentágono no sólo cayeron símbolos del mundo globalizado. Por primera vez, en las ruinas de su orgullo arquitectónico, Estados Unidos se vio a sí mismo como un gigante vulnerable, más allá de la demostración de poderío y eficacia del tan anhelado escudo antimisiles, realizada en julio pasado, que supuestamente es capaz de repeler supuestamente cualquier ataque nuclear. Sin embargo, lo que demostró sobradamente un puñado de terroristas aún sin nombre fue que con tan sólo cuatro aviones con itinerario de vuelo local, es posible poner en jaque a una nación.
«La primera guerra del siglo XXI», así denominó el ataque, un abatido y descompuesto George W. Bush. Pero esta vez, a diferencia de otras incursiones, el enemigo de Estados Unidos fue invisible. Si bien las primeras investigaciones señalarían al fundamentalista islámico Osama Bin Laden, uno de los diez hombres más buscados por el FBI como autor intelectual del atentado múltiple, la cacería de los responsables que Bush ha prometido enfrenta, sin embargo, un problema evidente: todavía faltaban pruebas que permitan determinar quién o quiénes perpetraron los ataques.
«Nuestras fuerzas militares son poderosas y estamos preparados», dijo en su discurso el presidente de Estados Unidos, luego de que las escenas del 9/11 pusieron de manifiesto una planificación poco usual de parte de los grupos extremistas. Una operación que quizás requirió de meses e incluso años de preparación, pasó inadvertida para los sistemas de seguridad de la todavía principal potencia del mundo.
Aquellas secuencias de cine sobre los muchos modos en que un extraño enemigo cumplía con su cometido de destruir Nueva York, insólitamente pertenecen al pasado. La caída de las Torres Gemelas y el ataque al Pentágono –sin contar con los destrozos que habría provocado el vuelo 93 de United Airlines que se desplomó en tierra sin alcanzar su objetivo–, podrían considerarse un parteaguas en la historia.
En este inicio de otro ciclo que, como señala José Luis Reina, investigador de El Colegio de México, plantea una nueva bipolaridad, la sociedad estadounidense ha despertado intentando aprender a convivir con el derrumbe de sus símbolos, pero también de su propia moral de potencia, hasta hace unos días invicta. Y es que la ira y el odio por el terrible daño infligido ya está empujando a la superficie no un deseo de justicia, sino de venganza. Como afirmó el alcalde de Nueva York, «el número de víctimas es mayor de lo que cualquiera de nosotros es capaz de soportar».
En su editorial del miércoles 11, The New York Times dio cuenta de la urgencia de muchos por una represalia rápida, contundente y brutal, y reflexionó: «Los mismos medios que nos mostraron las imágenes del World Trade Center desplomándose nos muestran ahora a los civiles que viven en los mismos lugares donde pueden habitar los terroristas, con vidas tan ordinarias y tan preciadas como las de aquellos que acabamos de perder».
En cierto modo, Estados Unidos ha comenzado desde esta semana a aprender cómo los pueblos que salen de una guerra tienen que recuperar sus calles, su vida cotidiana y despojarse del miedo en el entendido de que muy posiblemente ese no haya sido el último golpe de sus enemigos. Vulnerable y a punto de iniciar una escalada de guerra, todavía de impensables consecuencias en Medio Oriente, Estados Unidos parece decidido a dirigirse hacia lo que el mismo Bush reconoció esta semana: la primera guerra del Siglo XXI.
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