
En plena celebración de Rosh Hashaná, el Año Nuevo judío, un grupo de manifestantes salió a las calles de Polanco a gritar consignas de odio contra la comunidad judía, en las inmediaciones de una sinagoga: «¡Fuera los judíos! ¡Fuera los judíos de México!». No hay causa política, por legítima que sea, que justifique la estupidez. Se puede condenar al gobierno de Israel y defender los derechos del pueblo palestino (si es que esa era la motivación); lo que no puede hacerse en nombre de Palestina es pedir la expulsión de personas de su propia tierra por su origen, su identidad o su religión. De hecho, por si la escena no fuera suficientemente grotesca, algunos de los orgullosos pendejazos que participaban en la protesta llevaban la bandera palestina de cabeza. La estupidez, por desgracia, no suele ser incompatible con el fervor político.
El episodio no parece un accidente aislado, sino la expresión callejera de un discurso que lleva tiempo incubándose en un sector de la mal llamada izquierda: uno que presenta como crítica al sionismo lo que en realidad son viejas teorías conspirativas sobre los judíos como colectivo. En prensa y redes sociales circulan con creciente desparpajo insinuaciones sobre un supuesto poder judío oculto, responsabilidades colectivas por las acciones del Estado de Israel, comparaciones que invierten el significado del Holocausto y una demonización de Israel presentada como explicación total del mundo. Sólo basta con declararse antisionista para que el antisemitismo desaparezca por arte de magia.
La fórmula «antisionismo no es antisemitismo» puede ser perfectamente válida cuando se utiliza para distinguir una crítica política legítima del odio religioso o étnico, pero no funciona muy bien como detergente retórico. No es necesario recurrir a los tropos antisemitas clásicos, como acusar a los judíos de envenenar pozos o de controlar los bancos, para reproducir una lógica antisemita. La historia del siglo XX ofrece ejemplos de propaganda que sustituyó deliberadamente la referencia explícita a los judíos por la figura del «sionista», mientras conservaba viejos estereotipos y formas de demonización.
Por eso conviene mirar menos la etiqueta que el contenido. Si alguien grita «fuera los judíos de México», ninguna etiqueta ideológica puede convertir ese odio en una respetable postura sobre Israel. El antisionismo puede ser una posición política. Expulsar judíos de México por ser judíos es antisemitismo. Y entre ambas cosas debería existir una frontera que una izquierda democrática no tenga el menor interés en borrar.
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