Radar de Medios 20

El periodismo mexicano se enfrenta a una pregunta incómoda que atraviesa todas los textos de este número: ¿quién debe vigilar la calidad y la ética de la información? La respuesta, en una democracia funcional, debería ser la propia sociedad, a través del debate público, la competencia entre medios y el criterio informado de las audiencias. Sin embargo, lo que observamos es una proliferación de propuestas que buscan resolver el problema desde arriba, con herramientas que en el fondo son palancas de control: los lineamientos gubernamentales que otorgan a una autoridad sin independencia real la facultad de decidir qué es verdad y qué es opinión, y la presión social que exige no sólo réplica, sino castigo, retiro y silencio.

Frente a la tentación de imponer una «verdad oficial» o de silenciar a quienes piensan distinto, la respuesta no puede ser más autorregulación estatal ni más presión social punitiva. La salida es más y mejor periodismo, más debate, más inteligencia y más argumentos. La libertad de expresión se defiende, como escribió Timothy Garton Ash, no prohibiendo a quien incomoda, sino aceptando el desafío de sus ideas.

En las páginas que siguen, el lector encontrará los casos que alimentan este debate: desde la batalla del rating en el Mundial hasta el escándalo de Ventaneando, pasando por la disputa sobre los derechos de las audiencias. Pero también las preguntas que aún no tienen respuesta: ¿cómo construimos un espacio público donde quepan las voces que nos ofenden, sin que el Estado o la turba decidan cuáles deben permanecer?

Veneno televisivo

Con tres décadas en el aire, Pedro Sola, conductor de Ventaneando, soltó durante una emisión el vivo y sin filtro lo que muchos en el gremio han aprendido a disfrazar: «No tolero a los perros en la tienda, a los perros en el súper, a los perros cagando en el restaurante… Con ganas de aventar un trozo de carne envenenada». No contento con la provocación, añadió sobre quienes pasean a sus mascotas en carriola: «dan ganas de darles un balazo a los dueños». La respuesta de su compañera Pati Chapoy, lejos de marcar distancia, fue reír y aplaudirlos comentarios, mientras Mónica Castañeda intentaba poner un límite.

Organizaciones animalistas presentaron denuncias; legisladores exigieron sanciones en el Congreso; una petición en Change.org superó las 160 mil firmas; y se convocó a una marcha frente a las instalaciones de TV Azteca. Pero el golpe más doloroso llegó por el bolsillo: Panditas, Clorets, Halls y Trident (todas del grupo Mondelēz) retiraron su pauta publicitaria del programa, argumentando que «las mascotas son parte de la familia para millones de mexicanos y merecen ser tratadas con dignidad y respeto».

Ricardo Salinas Pliego, dueño de la televisora, calificó los comentarios como «lamentables», pero hasta ahora no ha anunciado medidas. Pero lo que revela este escándalo va más allá de un conductor desafortunado.

Ventaneando nació en 1996 como un espacio de crítica en una época en que el periodismo de espectáculos era obsequioso y complaciente. Era un contrapeso necesario. Sin embargo, con los años, ese espíritu crítico se fue desgastando hasta convertirse en caricatura: el chisme por el chisme, la provocación vacía, el morbo como sustituto de la investigación. El programa dejó de ser un reflector que ilumina para convertirse en uno que quema.

Los conductores, encabezados por Chapoy, aprendieron que el rating no se consigue con información sustantiva, sino con la capacidad de hacer que el entrevistado (o el tema del día) explote en cámara. El periodista dejó de ser el puente entre el público y la verdad para convertirse en el centro de la noticia, el provocador que busca la reacción visceral, el que convierte la vida privada de los personajes públicos en un ring de boxeo sin reglas.

El incidente de Pedro Sola es el resultado lógico de un modelo que ha premiado la insolencia sobre lainteligencia, el escándalo sobre el contexto y la ocurrencia sobre el dato duro. El mismo programa que se jacta de tener «29 años de investigación periodística» ha terminado normalizando que uno de sus conductores hable de envenenar animales y disparar a sus dueños como si estuviera comentando el clima. Y cuando la audiencia exige cuentas, el programa responde con una disculpa leída a medias, donde Sola admite que su error fue «una falta de empatía» y promete «educarse», mientras Chapoy se escuda en que «los tiempos son diferentes», como si la crueldad animal tuviera una fecha de caducidad.

Decir barbaridades es parte del negocio. El veneno que Pedro Sola mencionó no es el que imaginó para los perros; es el que ha contaminado durante años el periodismo de espectáculos en México, y que ahora, por fin, la audiencia ha decidido devolverle al plato.

Imponer la «verdad» oficial en beneficio del interés público

En la política mexicana abundan las ironías, pero pocas resultan tan acabadas como la que ofreció el gobierno federal a finales de julio. Luisa María Alcalde, funcionaria encargada de desmontar, cada martes, lo que el oficialismo considera noticias falsas salió a explicar que los nuevos Lineamientos Generales para la Protección de los Derechos de las Audiencias no buscan, bajo ninguna circunstancia, que el Estado determine qué es verdad y qué es mentira. Dicho de otra forma: la autoridad responsable de señalar públicamente las «mentiras» de la prensa pidió no pensar que la cuatroté siente la tentación de convertirse en árbitro de la verdad.

En Palacio Nacional se sostiene que la polémica está sobredimensionada, porque los lineamientos simplemente desarrollan aspectos deseables en los medios como distinguir información de opinión, separar publicidad de contenido editorial, contar con códigos de ética, designar defensorías de las audiencias y establecer mecanismos de queja. ¿Quién podría oponerse? El problema comienza cuando el documento abandona el terreno de los principios y entra en el de las categorías interpretativas. Conceptos como «información veraz», «contenido engañoso», «descontextualización» o «información presentada como actual siendo histórica» parecen perfectamente razonables… hasta que alguien debe decidir, caso por caso, cuándo se cruzó esa frontera.

No es que medios y periodistas consideren ilegítimos los derechos de las audiencias, sino que la experiencia mexicana enseña que las leyes se ajustan a las prioridades políticas del momento. En serio, ¿puede una autoridad administrativa intervenir en la manera en que los medios presentan la información sin terminar influyendo, directa o indirectamente, en las decisiones editoriales? El escepticismo –hay que reconocerlo– tampoco nace de la nada. Durante los últimos años, el discurso gubernamental ha convertido la disputa cotidiana con los medios en parte de la comunicación política, al punto en que las conferencias inauguradas por Andrés Manuel López Obrador incorporaron secciones dedicadas a exhibir información considerada falsa o manipulada.

Si realmente los lineamientos sólo desarrollan derechos ya reconocidos en la Constitución y establecen procedimientos administrativos para ejercerlos, quizá la discusión debería concentrarse mucho más en blindar explícitamente la libertad editorial frente a cualquier intento censor de la autoridad. Es decir, si no existe intención alguna de intervenir en contenidos, tampoco debería existir resistencia a incorporar salvaguardas todavía más claras.

Contar con defensorías, códigos de ética públicos y mecanismos de respuesta fortalece la credibilidad de los medios y honra su función social. Esa autorregulación tampoco se ha dado por los numerosos intereses empresariales y políticos involucrados aun cuando una parte importante del periodismo admite que precisamente la confianza es el recurso más escaso. Entre ambas posiciones queda una pregunta que ningún lineamiento puede resolver por decreto: quién vigila al vigilante cuando el debate deja de ser jurídico y se convierte, inevitablemente, en una disputa sobre quién contrla las narrativas y tiene el poder de definir la realidad.

Ezra Shabot, un caso de genocidio

El debate en torno al artículo «Genocidio» de Ezra Shabot, publicado en Nexos el pasado 2 de agosto, ha derivado en una tormenta que revela más sobre las pasiones del momento que sobre la solidez de los argumentos. La indignación es comprensible, pero el camino elegido para canalizarla (la petición de censura, la descalificación personal y la presión para retirar un texto) apunta a una dirección equivocada. Lo que está en juego no es si Shabot tiene razón o no, sino si el espacio público puede albergar voces incómodas sin que sean silenciadas por la fuerza de la mayoría indignada.

Nadie está obligado a defender el contenido del artículo de Shabot. Su tesis central de que el término «genocidio» se ha usado de manera desmedida y que la situación en Gaza responde más a la lógica de Hamás que a una política de aniquilación sistemática es, cuando menos, discutible. Hugo Garciamarín, en una respuesta publicada en el mismo espacio de Nexos, desmonta con datos y argumentos las afirmaciones más endebles del texto: la ausencia de fuentes, las generalizaciones sobre la población palestina y la comparación forzada con otros episodios históricos.

Shabot incurre en ligerezas, sí, pero también en lo que Timothy Garton Ash ha llamado el derecho a decir cosas que otros consideran falsas o perturbadoras. La forma de luchar contra estos argumentos no es prohibirlos, sino aceptar su desafío en todos los medios, contrarrestar las visiones con argumentos, aprovechando incluso las herramientas que ofrece internet para ello. Eso es exactamente lo que hizo Garciamarín: refutar con datos, no con consignas.

Colaboradores de la revista publicaron una carta que pretende ser un ejercicio de responsabilidad intelectual. Señalan que el artículo de Shabot «sólo puede entenderse como la negación del genocidio» y exigen que el director, Héctor Aguilar Camín, «no abrir más las puertas de la publicación a discursos de odio». La petición de retirar el texto de la plataforma es el punto más problemático. No porque sea ilegítimo pedir cuentas al medio, sino porque el retiro de un texto publicado –por presión, no por error– sienta un mal precedente.

Si un medio como Nexos, que ha sido un espacio de pensamiento crítico en México, cede ante la presión de un grupo de colaboradores que exigen la censura de una opinión que les resulta ofensiva, ¿qué mensaje envía a la sociedad? La libertad de expresión no se defiende sólo cuando se está de acuerdo con lo que se dice. Se defiende, sobre todo, cuando el discurso es incómodo, impopular o incluso ofensivo. Garton Ash lo ha dicho con claridad: la libertad de expresión no necesita guardianes; necesita ciudadanos críticos.

Lo que ha ocurrido en redes sociales alrededor de este caso es un síntoma de una tendencia más amplia: la conversión del debate público en un ejercicio de linchamiento digital. Personajes con espacio en medios como Jairo Calixto Albarrán o Rafael Pineda Rapé (sólo por aportar dos de los casos más penosos) han recurrido a la revancha rústica: la descalificación personal, el sobrenombre supuestamente gracioso y comparar a Shabot con Hitler; con la oportunidad de hacer periodismo y crítica, toman el camino de desfigurar la realidad para ultrajar o cobrar venganza contra un personaje que no milita con ellos. Eso no es otra cosa que un libelo, una forma degradada del periodismo que confunde la opinión con la diatriba.

Tras un artículo como el de Shabot, lo correcto es publicar la respuesta de Garciamarín. Ese es el funcionamiento sano de una democracia: ideas que se enfrentan, que se discuten, que se refutan. Si Shabot se equivoca, que se le refute. Si sus argumentos son débiles, que se demuestre. Pero no se le silencie. En el contexto actual, nada mejor que el debate en las páginas de la prensa para que la inteligencia y los argumentos prevalezcan sobre la indignación y la censura.

Guerra de audiencias, choque de identidades

La Copa Mundial de la FIFA 2026, con México como uno de los países sede y apenas 32 partidos en señal abierta, se convirtió en el escenario perfecto para medir la transformación de la industria televisiva nacional. El torneo rompió récords históricos de audiencia, pero también exhibió la creciente fragmentación del público y la batalla sin cuartel entre el modelo tradicional de televisión abierta y el empuje imparable del streaming. En este entorno, la disputa entre Televisa y TV Azteca no dejó un ganador absoluto, sino dos narrativas de victoria que dependen del cristal con que se miren los números.

La contienda comenzó con un triunfo contundente para la televisora del Ajusco en el partido México-Sudáfrica: TV Azteca alcanzó 33.9 millones de televidentes, superando los 33.3 millones de Televisa según la medición de Nielsen IBOPE. En el segundo partido del Tri frente a Corea del Sur, la diferencia fue mínima, pero mantuvo la misma tendencia, con Azteca 7 registrando 7.15 puntos de rating en la franja estelar frente a los 7.13 puntos obtenidos por Canal 5 de Televisa. En el último duelo de la fase de grupos frente a la República Checa, Azteca 7 sumó 6.74 puntos, mientras Canal 5 tuvo 6.67 puntos. En la fase de dieciseisavos de final, el partido donde México venció 2-0 a Ecuador en la capital del país representó el punto de rating más alto parala señal abierta de TV Azteca, que alcanzó los 10.12 puntos frente a los 9.13 puntos reportados por Canal 5.

Sin embargo, el partido de octavos de fi nal entre México e Inglaterra marcó un punto de inflexión. Televisa, apoyada en su ecosistema multiplataforma, reportó un alcance total de 35.8 millones de personas: 28.3 millones en televisión abierta y 7.5 millones adicionales a través de su plataforma de streaming ViX. Cifras no confirmadas hablan de más de 60 millones de personas viendo el juego.

Incluso en el duelo de octavos ante Ecuador, Televisa sumó 35.3 millones (28.4 millones en TV y 6.9 millones en ViX) frente a los 24 millones de TV Azteca. La gran fi nal entre España y Argentina consolidó esta estrategia: Televisa y ViX alcanzaron 30.5 millones de espectadores (24.1 millones en TV abierta y 6.4millones en streaming), superando a su competencia en un 26%.

El papel de ViX en esta estrategia fue clave: la plataforma de streaming se consolidó como la pieza angula rpara capturar audiencias jóvenes y en movilidad, demostrando que el consumo digital de eventos masivos entiempo real es una realidad irreversible. Durante la final, ViX aportó por sí sola 6.4 millones de visualizaciones, y en los partidos de México, el componente digital representó entre 3.5 y 7.5 millones de espectadores adicionales.

El análisis de las duplas también revela el choque de identidades. En TV Azteca, la irreverencia de Christian Martinoli y Luis García, complementados por Jorge Campos, conectó de manera orgánica con el espectador común, transformando el partido en un espectáculo de entretenimiento accesible. En contraste, la dupla de Televisa conformada por Andrés Vaca y David Faitelson mostró una química más rígida y forzada, percibida por muchos como un esfuerzo institucional por fabricar polémica antes que dejar fluir el debate.

No hubo un ganador único. TV Azteca se consolidó como la marca preferida de la televisión abierta tradicional, demostrando que el talento y la narrativa popular pueden competir con presupuestos menores. Televisa, en cambio, ganó la guerra del ecosistema integral, apalancada en ViX para dominar el alcance total en la fase final. El torneo confirmó que la televisión abierta en México conserva una fuerza gravitacional envidiable, pero también que el futuro del negocio pertenecerá a quienes logren equilibrar la calidad del entretenimiento frente al micrófono con la estabilidad técnica de sus plataformas digitales.

El PDF completo lo pueden descargar en el siguiente enlace: https://drive.google.com/file/d/1SPkRDIvdFGxPhVz6lc5oJ6B8RxVQOJl4/view

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