Radar de medios 18

Lo ocurrido en estas semanas no es una suma de crisis aisladas, sino el síntoma de un sistema que ha decidido convivir con sus propias contradicciones. Mientras las televisoras se enfrentan a la consigna presidencial y el rating del Mundial rompe récords, en regiones como Veracruz los periodistas siguen siendo secuestrados o acribillados con la misma rutina con la que otros cambian de canal. La violencia contra la prensa ya no escandaliza: se ha vuelto parte del paisaje informativo, un ruido de fondo que sólo se vuelve audible cuando una madre se atreve a interceptar la camioneta presidencial para pedir por su hija. Y entonces la indignación dura lo que dura un comercial.

El problema no es sólo la ferocidad de los agresores, sino la eficacia con la que el Estado ha aprendido a administrar el dolor: reacciona lo justo para acallar la crítica inmediata, detiene a unos cuantos, libera a otros, promete investigaciones que nunca llegan y, mientras tanto, celebra la libertad de expresión en discursos donde nadie menciona a las compañeras desaparecidas. La democracia mexicana parece haberse acostumbrado a ese simulacro: el poder se siente cómodo señalando a todos desde el púlpito matutino, pero sigue siendo incapaz de garantizar que un reportero pueda trabajar sin que lo maten. Y mientras no se resuelva esa ecuación cualquier defensa de la libertad de expresión será, en el mejor de los casos, un acto de hipocresía.

Los periodistas importan sólo si no critican

El secuestro de Roxana Berenice Guzmán Ramírez, directora del portal Pulso Informativo del Sureste en Nanchital, Veracruz, desnudó con crudeza la vulnerabilidad de quienes informan en las regiones sin Estado del país. Un video captó el momento exacto en que un comando armado irrumpió en su domicilio y se la llevó por la fuerza ante la mirada impotente de su familia. Después de casi 10 días de su desaparición, para este momento la angustia inicial, la demanda a las autoridades para lograr la pronta localización de la periodista, la esperanza de hallarla viva se ha ido diluyendo. La presión ha obligado a un despliegue de fuerzas estatales y federales, pero la lentitud y la opacidad de las pesquisas han evidenciado una vez más que el aparato sigue siendo más efectivo para reaccionar a casos que produzcan algún rédito político que para resolver con celeridad un tema de un grupo al que la cuatroté considera adversario.

Y es que, pese a que las autoridades anunciaron la detención de seis presuntos implicados, un juez liberó a tres de ellos por falta de pruebas, y ni la Fiscalía del Estado ni la gobernadora Rocío Nahle han dado información oficial que permita pensar que está por conocerse el paradero de la comunicadora. La madre de Roxana tuvo que pararse junto a la camioneta de la presidenta Claudia Sheinbaum, durante una gira de ésta por la entidad, para rogarle que le devuelva con vida a su hija.

Mientras la incertidumbre por mantiene a periodistas y medios de todo el país pendientes, el 6 de junio ocurrió un acto que resultó imperdonable. En Xalapa, durante la conmemoración del Día de la Libertad de Expresión, Jenaro Villamil, periodista afín al oficialismo y titular del Sistema Público de Radiodifusión del Estado Mexicano (SPR) pronunció un discurso centrado en la defensa de la soberanía nacional y el intervencionismo extranjero. En un acto de sordera social mayúsculo, optó por ignorar la emergencia de una compañera secuestrada a unos cuantos kilómetros de distancia. La indignación del auditorio escaló en reclamos, y un periodista local le exigió su salida del recinto, coreado por un estruendoso «¡Fuera, fuera!».

El episodio se tornó aún más vergonzoso cuando Celeste Sáenz de Miera, secretaria general del Club de Periodistas de México, interpeló al reportero, tildando su postura crítica de «partidista» y asumiendo una abierta defensa de la narrativa gubernamental. En lugar de cobijar la pluralidad y proteger el cuestionamiento al poder, cerró filas con la postura oficialista utilizando una retórica de garrulo de la patria. Al afirmar que «aquel que no quiera a la patria, no quiere a su madre», asimiló la crítica al gobierno actual con una traición ala nación, reduciendo el debate periodístico a un asunto de lealtad ciega.

Con este proceder, supeditando los valores nacionales a los intereses del aparato estatal, es como el gobierno ha evadido hasta hora las explicaciones, estigmatizando como desafectos a la patria a aquellos comunicadores que se niegan a replicar la agenda y la línea discursiva impuesta desde el poder federal.

La guerra cuatroté vs TV Azteca

La confrontación comenzó el pasado 25 de mayo, cuando la presidenta Claudia Sheinbaum utilizó su conferencia matutina para lanzar una consigna: «No vean TV Azteca» sugirió al mismo tiempo que se refirió ala televisora del magnate Ricardo Salinas Pliego como un espacio propagador de «mentiras descaradas» e «información falsa». La mandataria justificó su llamado como respuesta a una supuesta «ofensiva mediática» contra su gobierno.

La frase, lanzada desde la tribuna presidencial, provocó una reacción inmediata. La empresa respondió conuna carta abierta en la que califi có el llamado como «lamentable» y subrayó que son los ciudadanos, nunca elgobierno, quienes deciden cómo y por dónde informarse. Advirtió que cuando el poder llama a sabotear a unmedio crítico, lo que busca es censurar.

Al interior del gobierno, varios funcionarios retomaron la consigna presidencial. La consejera jurídica, Luisa María Alcalde, se sumó a la dinámica de descalificar a la empresa desde las plataformas oficiales. En redes sociales, la maquinaria morenista replicó una y otra vez el mensaje. La respuesta de Salinas Pliego fue calificar a los integrantes de la cuatroté como «ineptos, corruptos y mentirosos» y aclaró que la libertad de expresión y de prensa de las que gozan los medios no es una concesión del Estado, sino un derecho inherente a toda democracia.

La Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) alzó la voz ante lo que consideró un patrón sistemático de agresión desde el Estado hacia los medios críticos y enfatizó que el uso de la tribuna más importante del país para llamar al boicot representa una línea roja que ningún gobierno democrático debería cruzar, independientemente de su legítimo derecho a defenderse de la desinformación. Lo cierto es que el gobierno de Sheinbaum heredó una tradición de confrontación mediática de su antecesor. Para la prensa extranjera, el caso TV Azteca es un termómetro de la salud democrática mexicana: si la presidenta puede llamar impunemente a boicotear un medio, ¿dónde ponemos el límite? En el contexto tan complicado que enfrentan periodistas de varias regiones, las palabras de la presidenta adquieren una dimensión trágica: quien tiene el deber de proteger a la prensa, desdeña a la prensa; quien debe garantizar la pluralidad, descalifica a quien piensa distinto. Una opinión pronunciada desde Palacio Nacional no es una opinión más. Es una orden disfrazada de consejo, un acto de poder que busca silenciar con un apagón lo que no puede callar con argumentos.

La confrontación no sólo no ha cesado, sino que se ha intensificado. Sheinbaum acusó a Salinas Pliego de incitar a la violencia y sostuvo que, junto con sectores de la ultraderecha, existe un intento por proyectar una imagen de caos e inestabilidad en México en el contexto de la Copa Mundial de la FIFA. La ciudadanía se divide entre quienes ven en la mandataria una defensora legítima de la verdad frente a la mentira mediática, y quienes advierten que el ataque sistemático a un medio es una agresión intolerable a la libertad de prensa. Pero más allá de la refriega política, una pregunta incómoda permanece en el aire: cuando el poder deja de dialogar con la crítica para intentar silenciarla, ¿qué tipo de democracia desea construir?

¿El último Mundial?

El semanario británico The Economist, fiel a su estilo provocador y a veces incómodo, plantea una pregunta inquietante en su artículo «This could be the last World Cup» (10 de junio de 2026):¿estamos asistiendo al principio del fi n del torneo más visto del planeta?

En centro del argumento de sus autores, Ashish Malhotra y Stefan Szymanski, está lo que describen como una tormenta perfecta de factores geopolíticos y tensiones internas en la FIFA. El torneo, históricamente vehículo de agendas nacionales y un bálsamo cosmopolita, se enfrenta ahora a su «prueba de fuego» bajo la sombra de Donald Trump.

Advierten una combinación de factores inéditos: el primer país anfitrión en guerra ilegal con una nación participante, la prohibición de viaje a ciudadanos de cuatro países contendientes, las amenazas del magnate a sus propios coanfitriones (Canadá y México) y la caza de inmigrantes dentro de Estados Unidos. Si a esto se suma la imprevisibilidad del presidente, la relación disfuncional entre la FIFA y la UEFA, y decisiones como despojar a Senegal de la Copa Africana de Naciones para entregarle el trofeo a la nación anfitriona, Marruecos, dos meses después de que concluyera el evento, la credibilidad del organismo rector podría precipitarse a su desmoronamiento.

El texto es una advertencia: el torneo podría ser el canto de cisne del futbol global tal como lo conocemos, pues no descarta que una masa crítica de países pudiera retirarse por los excesos de laFIFA.

Sin embargo, el planeta parece no haber recibido el memo o, al menos, decidió ignorarlo. La realidad de la audiencia le ha dado un portazo al pesimismo editorial. Los datos del partido inaugural entre México y Sudáfrica reflejan un apetito insaciable por la fiesta: una audiencia global estimada en mil 200 millones de personas, una cifra que multiplica por casi diez veces la del último Super Bowl y que la FIFA espera llevar a los 6,500 millones de espectadores acumulados al cierre del torneo.

En México, aunque Televisa es la dueña de los derechos de transmisión, la noche del triunfo fue para la irreverencia. La fórmula de Christian Martinoli, Luis García y Jorge Campos en TV Azteca resultó imbatible, pues registró 33.9 millones de espectadores, superando por un leve pero significativo margen los 33.3 millones que alcanzó Televisa en su cobertura multicanal que incluyó televisión abierta, de paga y plataformas digitales, con una fuerte apuesta por su servicio de streaming, ViX.

Tener los derechos no garantiza el rating. En la era de la globalización y las pantallas, el peso específico de la irreverencia, el carisma y la complicidad con la tribu termina venciendo a la posesión del balón, dejando en evidencia que el «poder del rating» todavía no entiende de decretos ni de exclusividades.

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