
Otro mes llega con la discreción de quien reacomoda los muebles de una sala mientras los invitados siguen bebiendo. En este número, los medios mexicanos no sólo informan: se venden, se alían, se van o, peor aún, se quedan pero con otro dueño y otra línea editorial. Lo de Puebla es un caso de manual: E-Consulta, ese viejo roble del periodismo crítico regional, fue estrangulado con la eficiencia que sólo el aparato estatal puede desplegar cuando se trata de silenciar incómodos. Su venta a figuras cercanas al gobernador Armenta no es un cambio de propietario; es un trasplante de alma.
El Heraldo de México cumple nueve años abrazando una línea editorial oficialista con la naturalidad de quien ya encontró su lugar en el ecosistema. Mientras tanto, Glamour México se despidió con la elegancia de quien cierra la puerta sin hacer ruido, víctima de una reestructuración global que prefiere concentrar marcas bajo paraguas más rentables, y Supernova: Génesis demostró que ni todo el músculo de Netflix alcanza para inflar un espectáculo que se quedó sin la única cosa que el público realmente quiere ver: el morbo genuino, el que no se fabrica en TikTok.
Nueve años de… ¿de qué?
El Heraldo de México cumplió nueve años de arrancar una «nueva era» bajo el mando de Grupo Andrade; pero lo más destacable ha sido una renovación visual de su edición impresa, aunque el fondo político de su edición de aniversario ha levantado más cejas que su nueva tipografía.
Su décimo año del diario incluyó el despliegue de los perfiles de «nueve musas», figuras que, según los editores, inspiran su labor informativa. Lo notable del ejercicio fue que, en un ejercicio de equilibrio político, cuatro de estas «musas» son figuras clave de la llamada Cuarta Transformación: Claudia Sheinbaum Pardo, Clara Brugada, Delfina Gómez y Victoria Rodríguez Ceja, gobernadora del Banco de México, quien ha hecho elástico el mandato de la institución para acomodarlo a las necesidades del gobierno federal. Nadie del lado de la oposición o de personalidad aguerrida e insumisa cabe en ese Olimpo.
Esta selección, lejos de ser un homenaje a la mujer en la política, resultó más una confirmación de la línea editorial oficialista que ha caracterizado al medio desde su nacimiento. No hay un compromiso con el lector o con un mayor equilibrio. El Heraldo de México no se distancia de la idea que se tiene de él como brazo mediático del principal proveedor de vehículos y arrendamiento para el gobierno federal y diversas administraciones estatales. Si la empresa editora se encuentra sistemáticamente entre las más beneficiadas por contratos de los gobiernos de Morena a costa de la credibilidad, pues que así sea.
Otro aspecto que genera suspicacia es la constante jactancia de la empresa por sus altos números en Comscore, una métrica que no necesariamente es explicada por su relevancia periodística, sino por una estrategia de clickbait agresivo y de sobreexplotación de temas virales que poco aportan al debate público, pero que garantizan el tráfico masivo. Asimismo, su abultada nómina de columnistas (47 en un lunes cualquiera) parece gritar «pluralidad» por la cantidad, pero la gran mayoría de estos espacios carecen de un verdadero ejercicio de análisis profundo o prospectiva que ayude a entender la realidad nacional. Esta obesidad editorial se nutre con frecuencia de textos de funcionarios o legisladores que no escriben ni sus propias colaboraciones.
La nueva identidad visual del diario apunta hacia el minimalismo, con fuentes más esbeltas y modernas, más aire en el diseño para permitir que las páginas respiren y una nueva iconografía en sus secciones (País, CDMX, Escena, Estados, Merk-2…), cada una de las cuales tiene un color característico pero ahora bajo una paleta de colores más sobria. El proyecto es un éxito en términos de expansión (radio, televisión y prensa). No obstante, el reto de la legitimidad periodística persiste: mientras sus páginas lucen cada vez más modernas y minimalistas, su cercanía con el Palacio Nacional sugiere que, en el fondo, su «nueva era» sigue siendo una vieja forma de entender la relación entre el negocio de los contratos públicos y el ejercicio del periodismo.
Menos influencers, más escándalo
Netflix celebró que Supernova: Génesis alcanzó un pico de 6.5 millones de espectadores y retuvo a 5.5 millones durante más de cuatro horas, pero la cifra palidece si se considera que la primera edición de 2025, sin el músculo promocional de la plataforma, sumó más de 11 millones de conexiones en YouTube, Twitch y DAZN y acumuló 120 millones de visualizaciones en apenas 48 horas.
Esta segunda entrega ni siquiera rozó ese impacto digital, y la sensación generalizada es que el salto a Netflix no mejoró el formato; la producción tuvo fallos visibles y el show no conservó la frescura de un año antes. El momento más bochornoso lo protagonizó Carín León, cuya pista de playback comenzó a sonar con una canción que no era suya, lo que lo obligó a cantar a capela y a disculparse en redes. A ello se sumó Bárbara de Regil, quien en la transmisión llamó «John Lennon» al legendario Jimmy Lennon Jr.
En el ring, los combates mayormente generaron abucheos y silbidos del público. Cuando la producción falla, el show no entretiene y los golpes no convencen, el producto se desploma sin remedio.
Faltó justo lo que sí funciona: cuando Ring Royale puso frente a frente a Alfredo Adame y Carlos Trejo, dos personajes del mundo analógico con décadas de enemistad genuina, el pico de audiencia alcanzó 5.9 millones de dispositivos conectados. Ahí no había creadores de contenido: había un «odio real», sin fabricar, con historia. La pelea que el público quería ver no estaba en la cartelera de Netflix, y por eso el interés nunca se elevó.
Netflix descubrió a tiempo –y con números en la mano– que el boxeo de exhibición no es un concierto que se pueda llenar exclusivamente con talento digital: necesita personajes que trasciendan el algoritmo, que aporten una mitología propia y con densidad simbólica, que generen en el espectador la misma expectación de una pelea callejera que todos saben que va a estallar pero nadie quiere perderse. Si quiere una tercera edición exitosa, tendrá que apostar por esa mezcla: menos algoritmo y más escándalo.
Deja un comentario