
Ganó la tentación de privilegiar la escenografía sobre las soluciones. Mientras millones de pesos se destinan a embellecer fachadas, pintar mobiliario público de morado y guinda, color del partido gobernante, y llenar muros, bardas y espacios urbanos con figuras de ajolotes convertidos en símbolo oficial de la administración, los problemas que afectan diariamente a los capitalinos permanecen en gran medida intactos. El transporte público continúa operando bajo fuertes presiones de capacidad y mantenimiento, los baches siguen formando parte del paisaje cotidiano, las inundaciones regresan puntualmente con cada temporada de lluvias, el abastecimiento de agua continúa siendo incierto para miles de familias y la infraestructura estratégica necesaria para las próximas décadas parece relegada frente a proyectos de impacto visual inmediato.
Resulta particularmente simbólico que el ajolote haya sido elevado a emblema urbano mientras los ecosistemas que le dan vida siguen enfrentando amenazas y sin que exista una política de conservación que parezca proporcional a la magnitud del problema. La sensación es que la ciudad se prepara para ser fotografiada más que para ser habitada. Porque una metrópoli de más de 20 millones de personas no se transforma con murales, pintura y mascotas institucionales, sino con obras que quizá no luzcan en las redes sociales, pero que permitan a las futuras generaciones moverse mejor, vivir con mayor seguridad hídrica y enfrentar con mayor resiliencia los desafíos de una ciudad que sigue creciendo mientras sus problemas de fondo esperan.
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