
Las nuevas camionetas blindadas destinadas a los ministros de la Suprema Corte representan una imagen difícil de reconciliar con más de un sexenio de discursos sobre austeridad republicana y cercanía con el pueblo. Durante años, el obradorismo construyó una narrativa según la cual los privilegios, los vehículos de lujo y los esquemas de protección eran símbolos de una élite política desconectada de la realidad nacional. En ese contexto, resulta inevitable recordar una de las frases más repetidas por Andrés Manuel López Obrador: que quien no roba, no miente y no traiciona no tiene nada que temer porque el pueblo lo cuida. Sin embargo, la adquisición de vehículos blindados parece transmitir un mensaje distinto: que la confianza en ese resguardo popular tiene límites muy concretos cuando se trata de la seguridad personal de quienes ejercen el poder.
Más allá de las razones legítimas que puedan existir para proteger a funcionarios de alto nivel en un país marcado por la violencia, la contradicción política es evidente. El problema no es el blindaje ni la camioneta, sino la distancia entre la prédica y la práctica. Porque cuando la austeridad se convierte en discurso para unos y excepción para otros, deja de ser una convicción de gobierno para transformarse en una herramienta de propaganda. Y entonces la pregunta inevitable no es por qué necesitan blindaje, sino qué fue de aquella promesa según la cual el cariño del pueblo era la mejor protección posible.
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